La vida, eterna prisionera
de los sueños
que marchitarse
vemos,
la vida, carcelera,
de las ansias
que habitaron
nuestro duelo.
La vida, candil de luz ahogada
nos muestra con su canto
un canto nuevo,
una senda que jamás fuera ideada,
un nacimiento al borde del
silencio.
La vida, espiral de locuras
y de miedos,
esa fiel compañera,
esa ruda guerrera
que nos devuelve
al suelo
cuando volar pensamos,
cuando volar sabemos,
esa vida, de grises
apagados,
de sinsabores y anhelos,
esa vida, me trajo
a un nuevo cuento
a una nueva galaxia
aún no nombrada,
a un cielo eterno,
transparente y bueno,
a la manera buena
de serlo.
A la forma que me enseñó
mi abuelo,
cogiéndome la mano,
llevándola a su pecho
y diciendo, ángel,
no importa que la vida
te ponga del revés,
tú sabrás por ti mismo
encontrar el camino
que dirijan tus pies,
tu hallarás en ti mismo
la pradera gozosa,
adonde vuelen
libres como el viento
los pesares que te atan,
los pesares que gastan
tus ganas de ser tú,
econtrarás la clave
adonde morirán
tus desdichas y ruegos
y llevarás por siempre
la paz como señuelo,
la paz como bandera,
que te limpie las marcas
que la vida te deja.
Y esa paz encontré,
esa paz he encontrado,
esa paz perseguida,
esa paz tan buscada,
he aquí que la hallo
en la luz de tu cara.
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