Un mismo techo que cierre
las puertas a lo indiscreto
que cobije nuestras almas
que envuelva nuestros desvelos
que sirva de parapeto
de los temores y miedos
que nos dé su sombra tierna
que nos acune en su lecho
y cuando las nieves vuelvan
y cuando regrese enero
nos encuentre arrebujados
entre sus muros de acero
adonde jamás penetren
como cuchillos los hielos.
Un techo que nos proteja
de lo que ya no queremos
que nos guarde como a niños
que lloran de desconsuelo.
Un techo adonde sentirnos
de nuestras vidas los dueños.
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