Recuerdo que por la mañana la niebla tardó en levantarse, casi tanto como hoy y que la noche llegó enseguida tras ese resplandor que algunos días de invierno tienen en las horas centrales. No era muy tarde y estábamos preparándonos para la cena. Sería por ahora, una noche antes o después de Santa Lucía, lo recuerdo porque entonces habíamos hecho una luminaria en la calle junto con los vecinos y esa imagen se me quedó marcada en la memoria. La tele en blanco y negro, una vieja Lavis que para mi hermano y para mí era el mejor proyector del mundo, emitía alguna película o quizá fuera un documental de informe semanal, no lo recuerdo, lo que sí recuerdo es que en un momento en quebajó el volumen de lo que estaban poniendo, se oyó un golpe suave en la calle. Parecía que la cortina hubiera golpeado la entonces puerta de hierro, así que no le dimos más importancia. Al poco tiempo sin embargo, se escuchó claramente un golpe con los nudillos. Mi padre acudió con el consabido "voy" mientras se dirigía al estrecho portal. Nosotros seguimos a lo nuestro, mi hermano metiéndose conmigo, y quejándome de ello a mi madre, lo normal entre dos hermanos. "María!!!" dijo mi padre. Mi madre se levantó de la silla baja y se acercó a la puerta. Se oyeron voces bajas, de pronto se oyó el chirrido de los goznes y supimos que la puerta se abría de par en par. "Pasen" decía mi padre. Unos pasos sordos, de alguien que arrastraba dificultoso los pies se oyeron en el suelo. Nos juntamos mi hermano y yo a la espera de la visita y a la luz aparecieron dos personas mayores, un hombre y una mujer. Esta última llevaba un bebé en los brazos que parecía dormido. Nos hicimos a un lado, mis padres pusieron dos sillas y nosotros, embobados, no podíamos quitar los ojos de aquella visión. Lo que más llamaba nuestra atención era su ropaje que contrastaba tanto con nuestros pijamas de Marco el de Juan y de la familia Telerín el mío. La mujer llevaba un pañuelo rojo brillante con algunas marcas de suciedad marrón en la zona del flequillo, una capa verde aceituna y debajo un vestido con todos los colores posibles del arco iris. El hombre tenía pantalones negros bombachos, una albarcas muy extrañas y una camisa también de color rojo como el pañuelo de la que parecía su mujer. Mientras se sentaban mi madre pasó a la cocina y trajo huevos y leche. Preparó una tortilla francesa en un momento y puso sopas de pan en dos cuencos de barro muy grandes. Huevos siempre teníamos por las gallinas del cortijo y leche, por aquellos años ya teníamos un buen montón de vacas que aunque preocupaciones, también nos surtían de toda la leche que pudiéramos beber. El hombre partió con una navaja que sacó del bolsillo la tortilla que mi madre había colocado en un plato de porcelana. Lo puso encima de una orilla de pan y se lo dio a la mujer y el otro, de igual modo, se lo puso entre las manos y con cuatro bocados lo dejó listo. La mujer, sin embargo, desperezó al pequeño que llevaba encima y le dio tres o cuatro pequeños trozos de tortilla mezclada con miga de pan que ella misma se metía en la boca para ablandarla. Con el resto, hizo un bocadillo y se lo comió despacio, mirando la lumbre cómo crepitaba. Cogieron cada uno un tazón de sopas y se los tomaron en silencio, un silencio puro, virginal que sólo rompía la respiración tranquila, casi un ronquido, del niño. Cuando terminaron las sopas, apuraron la leche, se limpiaron con la mano las bocas y se levantaron. Mientras ellos cenaban, ninguno de nosotros dos pronunció palabra y mis padres, unos pocos comentarios acerca del frío, de la leche o de los huevos. Terminada su colación, salieron como habían entrado, en silencio arrastrando los pies cansados y con un sonido de cerrarse la puerta, supimos que habían salido de nuevo a la calle. Mi padre estaba esperando nuestras preguntas cuando volvió de cerrar la puerta, así que nos dijo que eran "húngaros", o al menos así es como eran conocidos en el pueblo. Años después, descubrí que aquellos húngaros eran gitanos zíngaros y que igual podrían venir de Hungría que de Eslovaquia o de cualquier otro punto de la Europa del Este, pero para todos los efectos de mi padre y de mi pueblo, aquellos que venían pidiendo por las calles con aquella tristeza en el rostro y con aquella dignidad en sus formas, eran húngaros. Mis padres respondieron a su manera, intentando explicarlo, todas aquellas dudas que nos surgieron al instante. De dónde vienen, por qué no tienen casa, está malo el niño... etcétera, etcétera, etcétera, la curiosidad de los niños es ilimitada y si se alternan dos para preguntar, el interrogatorio puede resultar interminable. Recogieron los restos de la cena y como es normal en mí, antes de terminar de rezar, ya me había quedado dormido en el canapé y mi siguiente escena es en los hombros de mi padre, camino de la cama. Dormíamos juntos Juan y yo y aunque más prudente que él, intenté que él resolviera las dudas que mis padres no habían conseguido resolver, pero poco podía él saber de mendigos, zíngaros o húngaros y al poco tiempo caímos en un plácido y dulce sueño.
Mientras tanto, la Navidad se aproximaba, a las seis de la mañana en punto, mi madre nos despertaba para que acudiéramos a las Misas de la Virgen, misas que desde el 16 hasta el 24 de diciembre se celebraban a las seis y media de la mañana. Cantábamos villancicos, íbamos de procesión por las calles y cuando terminaban nos íbamos los cuatro amigos a las Eras de la Virgen a echar lumbre y a quemar aerosoles mientras la helada noche iba dando paso a un gélido día, gris, escarchado y muy muy frío. Al día siguiente de la cena con los húngaros la conversación con Miguel, José Luis y Gúmer versó sobre la llegada de estos extraños personajes a mi casa, pero al día siguiente, ya teníamos otras cosas en las que pensar. Así pasaron los días, uno, dos, tres... y llegó el 24 de diciembre. Estábamos exultantes, mi madre estaba preparando la cena, había comprado turrón, mazapán... qué rico todo!!!! A las doce de la noche acudimos mi hermano y yo junto con mi padre a la Misa del Gallo. Cantamos villancicos, reímos con las gracias de Don Julián, todo era alegría, paz, jolgorio, una auténtica misa de Navidad en un pueblo. Ya nos íbamos a marchar de la iglesia cuando el cura se acercó al banco en que estábamos nosotros. Nos dijo que lo acompañáramos a la sacristía, así que fuimos mi hermano y yo y mi padre se adelantó hacia casa para estar con mi madre. Entramos en la sacristía y nos comentó que tenía un regalo para nosotros. Nos miramos y nos sonreímos Juan y yo. Sacó dos caballos de madera del tamaño de un puño cada uno y puso uno en la mano de cada uno. Los cogimos y cuando nos disponíamos a marcharnos no sin antes darle las gracias, nos dijo que aún había algo más. Del bolsillo trasero del pantalón sacó un papel en blanco. Lo desdobló y nos dijo que era una carta escrita por él, Don Julián, pero dictada por el hombre húngaro que unos días atrás había estado cenando en casa. Pusimos cara de sorpresa, cogimos la carta, salimos corriendo y al llegar a casa la desplegamos y la leímos:
"Mi nombre no importa, soy un hombre que viene de muy muy lejos con mi mujer y con mi hijo pequeño. En mi país la gente pasa mucha hambre y viajando viajando hemos llegado a este pueblo pequeño. Con unos tocones de oliva, con la navaja y mis manos, he hecho estos caballos de madera para agradecer de la forma más humilde posible todo el bien que hicisteis dándonos de cenar sin conocernos de nada.
El caballo de madera está vivo, porque aunque ni anda, ni come, está hecho de la madera de la oliva que estaba viva, recordad toda la vida que habrá momentos en que todo a vuestro alrededor parecerá muerto, pero detrás de todo estará la vida de lo que una vez estuvo hecho. Y recordad también que la vida y la muerte son la misma cara de una misma cosa, sólo dependerá de vosotros mismos que lo muerto cobre vida como este caballo en vuestras manos puede correr y saltar.
Recordad también que las ruedas que tiene el caballo en las patas, aunque no le sirven para correr, sí le sirven para moverse y habrá momentos en la vida en que será preferible que deis vueltas en círculo aunque parezca que no avanzáis, antes que quedaros parados.
Por último, recordad que aunque el bien y el mal no van de la mano, tratad de hacer el bien aunque os paguen con el mal, pues la mejor recompensa para uno mismo es saber que se sigue siendo fiel por encima de todas las cosas".
Mi hermano y yo nos miramos sin entender nada, doblamos la carta, la guardamos en una caja secreta y nos pusimos a jugar con los caballos hasta que estos fueron sustituidos por otros juguetes y estos por otros y por otros... sin embargo, aquella carta y aquellos caballos, los tengo siempre presentes en mi vida y no hay momento en que no recuerde el rostro de aquella gente que una noche de niebla como hoy llamó a la puerta de mi casa.
Feliz Navidad, amigos míos.
¡ Qué ternura ! Muy bonito.
ResponderEliminar¡ Feliz Navidad para tí también!