Fui desmontado del caballo un día
cual Saulo en el desierto atormentado;
caí, besé la tierra movediza
y mis pies como ebrio titubearon.
Navegué por el mar de las cenizas,
llené mi copa de la hiel de un beso,
sepulté entre mis huesos las caricias
para volver de mármol mis recuerdos.
Me levanté temblándome las piernas,
me agarré al lazarillo que el destino
colocó para guiar mi ceguera
y al poco la visión de nuevo vino.
Prendí con mis manos haces nuevas
de sueños y de amores renovados
y quemé más de un barco con llama fiera
por segur mi camino cacho a cacho.
Crucé puentes montado en bicicleta,
navegué por canales y por ríos,
me adentré entre los bosques escondidos
y mordí de la vida sus quimeras.
En el desierto rebusqué la luz
que guiara mis pasos derrotados
y me encontré de nuevo abanderado
de una fogata que arrasara mi cruz.
Bebí del vino de los hechizados
comí de las viandas de algún reo,
soñé entre buhardillas de verano
dormí la paz de los que no nacieron.
Y, heme aquí, de nuevo erguido,
acelerando el pulso de las horas,
acuciando que pasen los segundos
deshojando, una tras otra, todas las hojas
de este año que nació maldito,
revolcones de ideas por el suelo,
pero que se me escapa con un guiño
convertido en hermoso compañero.
Y aquella luz que un día perseguía
aquel faro que en tiempos fue mi camino
el año que se va me descubría
que esa luz era yo, mi pecho y mi trino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario